-Tal vez no recuerdes si te pregunto cómo fue tu cumpleaños hace cinco años, pero si te enseño una foto de ese día, probablemente comiences a recordar detalles. Hay imágenes que te llevan a un lugar de la memoria, un lugar al que solo se puede acceder con imágenes.

Ana Masiello es parte del equipo del departamento de conservación y restauración de la Biblioteca de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, Argentina “Esteban Echeverría”, asesora del proyecto “Archivo de la Memoria Trans” y asesora en conservación de soportes sonoros del Instituto de Musicología Carlos Vega. A pesar de que trabaja con materiales analógicos, se considera una fanática de la tecnología. No descarta que esa reciente transición de lo analógico a lo digital, ha cambiado la forma de percibir el mundo para las nuevas generaciones. Y ese mirar para recordar ya no es como antes.  

-Quizás las nuevas generaciones no tengan esa oportunidad de abrir el cajón y encontrar un montón de fotos de cuando sus padres eran niños, porque ya nadie imprime fotos. La forma en la que hoy en día nos relacionamos con las imágenes es diferente.

 

Tras la llegada de la era digital, muy pocos son quienes se dan a la tarea de imprimir fotografías

 

El privilegio de tomarse fotos

Esa ambición por detener el tiempo y hacerlo tangible, surge a principios del siglo  XIX gracias a Nicéphore Niépce y Louis Daguerre. Con el paso de los años muchos otros personajes fueron participes en perfeccionar la cámara y los procedimientos fotográficos, hasta que a finales de este siglo, la fotografía comenzó  a popularizarse, aunque muy pocos podían pagar por capturar su paso en este mundo. Por ello, Ana Masiello considera que las fotografías son una herramienta que privilegia la memoria, antes no todos podían acceder a éstas.

-Era un privilegio resguardarse en la memoria. 

Fue el arribo de la era digital quien rompió con ese sentido de “exclusividad” que se mantenía a través de la fotografía analógica. Masiello explica que los procesos digitales eran necesarios, ya que el procedimiento de revelado de la fotografía analógica implicaba el uso de plata.  

– Casi el cuarenta por ciento de la producción de plata era destinado para la práctica fotográfica y probablemente, hoy sería muy costoso revelar una fotografía. De ser así, en pleno siglo XXI las fotos volverían a ser un privilegio.  

Por ello resulta plausible la facilidad con la que se puede acceder a los dispositivos digitales como los celulares o tabletas, herramientas que hacen más comprensible y accesible la práctica fotográfica. Ana reitera que esto permite que muchas personas puedan construir su identidad y, con ello, preservarse en la memoria. 

Aunque uno de los puntos en contra de esta era digital —afirma— es la calidad de la imagen y la falta de iniciativa por conservar una foto impresa.

-Hoy tengo la oportunidad de mostrarle a mis alumnas fotografías daguerrotipos de hace ciento setenta años, supongo que esto no pasaría con la foto digital porque es un material muy vulnerable. La foto digital no está pensada para perdurar, sino para capturar el momento.

Ana Masiello comenta que, aunque esto pueda parecer trágico, sí hay estrategias de preservación digital que cuentan con soportes y formatos, descartando que las redes sociales tengan la responsabilidad de preservar la identidad. 

-Las imágenes históricas sensibilizan mucho siempre, pero a las redes sociales no les interesa resguardar la memoria. 

 

La fotografía es indispensable para la preservación de la memoria

 

El sonido apenas comienza

Para Ana Masiello, el proceso de preservación va más allá de la conservación de los objetos. 

La preservación es importante porque se involucra con el acceso a la información, por lo tanto considera necesario que dentro de las instituciones públicas y privadas, que trabajen con archivos fotográficos o sonoros, se dé prioridad a los expertos en conservación y archivo, profesiones fundamentales en la práctica de la preservación del patrimonio. 

Ana reconoce que la preservación del sonido en Argentina es un tema nuevo y es poca la oferta académica para especializarse en conservación; sin embargo, hay interés por preservar la memoria a través del sonido y la imagen.

-En el último llamado de Ibermemoria, se presentaron cerca de ciento cincuenta proyectos de los cuales, más de cien eran argentinos. Esto evidencia el interés de los colegas por preservar la memoria. 

Explica que el sonido como patrimonio apenas comienza en comparación con la fotografía u otros  documentos y que los soportes sonoros analógicos tienen ciertas particularidades.

-Uno de los problemas es que para preservar la información se debe contar con el equipo para reproducirlo y en caso de no tenerlo a la mano, se debe conseguir. 

Basada en su experiencia, Masiello está segura que la producción de las imágenes es la práctica que predomina y más gusta en las nuevas generaciones, pero no descarta que la escucha pueda llegar a igualar esta supremacía. Comenta que es muy recurrente que en algunos países de América Latina, detrás de la puerta de un ático, sótano, o bodega, existe un archivo sonoro o fotográfico con un gran valor histórico que anhela ser descubierto. 

-También pasa que hay mucho material en manos de coleccionistas privados. Incluso fotógrafos de prensa que tienen grandes archivos en sus casas y son ellos quienes trabajan en el proceso de conservación, porque tal vez no hay una institución que se pueda hacer cargo de esos archivos. 

Para Ana Masiello, la única forma de que no se repitan ciertas cosas es que no se olviden, por ello la necesidad de custodiar la memoria a través de los materiales sonoros, visuales y audiovisuales. 

-Mi aportación es esa, custodiar la base de datos que va a generar esa memoria. 

La fotografía es una herramienta que atestigua nuestro paso por el mundo