Con fotos del Archivo de la Memoria Trans Argentina y el relato de Magali Muñiz, recordamos cómo se vivían los días de los setentas, con el proyecto ganador de la #PrimeraConvcatoria de #Ibermemoria.

Corría el 76. Hablé con mi padre y mis hermanos y les conté que me sentía diferente a los demás niños. Mi hermana más chiquita fue la primera en apoyarme, me dio fuerzas para dar el primer paso. Fue ahí cuando pude gritar mi verdadera identidad. Mi padre decidió llevarme a un médico y le contó lo que me estaba pasando.
– ¿Usted quiere tener un hijo feliz o infeliz? -, le preguntó el médico.
Mi padre me miró por un segundo y luego volvió a hablarle al médico.
– Quiero que mi hijo sea feliz-, contestó con seguridad.
-Entonces déjelo ser como se siente, porque jamás va a cambiar.
Cuando salimos de ahí, ya de regreso a casa mi padre me dijo estas palabras:
-No sos el primero ni el último. Sos mi hijo y te amo.
Mi padre me liberó de ese peso que llevaba en silencio con apenas 12 años. Fui aceptada y querida.

Lo triste de esta parte de mi historia fue que tuve que elegir entre estudiar o ser trans. Las dos cosas eran muy importantes para mí. Demás está decir que decidí por mi identidad, ser lo que realmente era: una chica. No iba a ser fácil, me esperaba un mundo nuevo.

Comencé a dejarme el pelo largo y a usar algunas ropas de mis hermanas. Y poco a poco fui construyendo mi identidad. No pude seguir estudiando porque no me dejaban ir vestida como una chica y entonces comencé a trabajar en una verdulería que mi padre tenía.

En el 78 se mudaron a mi barrio varias chicas trans. Yo, ingenua, creía que era sola en el mundo ya que jamás había visto una. Yo conocía a un peluquero, pero en ese tiempo era marica. Cuando las conocí quedé impactada. Ellas me enseñaron que no tenía que afeitarme y cuáles hormonas debía tomar para feminizar más mi cuerpo. Las primeras fueron Yanina, Carla, Julia Papaito, Suspiro, Claudia Lescano. Mi vida dio un giro de 180 grados y todo era mágico para mí.

Tuve una adolescencia muy linda: conocí a las trans y conservaba mis amigas y amigos de la infancia con los que compartíamos momentos lindos: salidas a boliches y todo lo que las adolescentes hacen.
Después tuve una época de rebeldía y me fui de casa con dos chicas. Como no teníamos qué comer ni dónde dormir, no me quedó de otra que prostituirme. Fueron tiempos muy duros, en plena dictadura la policía hacia abuso con nosotras. Nos llevaban presas, nos cortaban el pelo, nos pegaban, nos hacían bañar con agua fría en pleno invierno y dormir muchas veces en el suelo muertas de hambre, llenas de piojos y muy maltratadas. No teníamos ni el derecho de estudiar y recién hace cuatro años pude dejar la prostitución. Me siento feliz por la lucha que hice junto a muchas para que no les suceda lo mismo a nuestras nuevas generaciones.