Memoria histórica y democracia

Por Emmanuel Hoog • Jul 2, 2009 • Categoría: Artículos

Cuando se habla de la memoria histórica, de preservarla, de comunicarla, hay que hablar ante todo de determinación y de perseverancia. En un mundo en el que todo se acelera y después se difumina, en el que las ideas y las modas se suceden unas a otras, en el que el consumo es rey y exige ser siempre más competitivo, el trabajo reflexivo de la memoria debe ser una labor a largo plazo.

Sin un deseo de transmitir o sin una intención de distinguir lo esencial de lo accesorio, desaparece el concepto de memoria, de los lugares de memoria, hasta el mismo acto de «hacer memoria», y con él, la idea misma de civilización. El ámbito de acción de las personas que trabajan y se ocupan de la memoria no es un campo efímero y de ilusión a corto plazo, si no un ámbito de acción en la preservación y en la educación a largo plazo.

Los archivos son el soporte mismo de la memoria; redescubrirlos, conservarlos, clasificarlos, es organizar la memoria. Sin archivos, no hay memoria. La memoria es ese objeto singular, situado ?? quizás bloqueado ?? entre la historia por un lado y el recuerdo por otro. La historia pertenece al campo de la razón, de la ciencia, donde se establece, a menudo de manera contradictoria o incluso discutida, un conocimiento que puede compartirse y enseñarse. En el otro extremo, el recuerdo es un objeto personal, íntimo, único, frágil y a veces amnésico. La memoria se encaja entre los dos: suficientemente modesta y discreta para ponerse al servicio de la historia y difuminarse ante ella; suficientemente inteligente y razonable para ir más allá del recuerdo personal y hacerla pasar al dominio colectivo.

La memoria pertenece al espacio público y ofrece las bases de su historia. Allá donde la historia es única, la memoria es plural. Para ser científico, la historia necesita la diversidad de la memoria, los recuerdos diversos, abundantes, a veces opuestos. Allá donde la memoria es pobre, única, controlada, la historia no puede nacer. Así, la memoria ?? o quizás debería decirse las memorias ?? no puede llegar a su plenitud si no es en un ambiente democrático, que acepte la libertad de opinión, la diversidad de las fuentes y de discursos. En este sentido, la memoria no es solamente política, sino también democrática. Y para vivir, la democracia tiene necesidad de la memoria, de sus memorias. Por ello, se necesitan políticas de la memoria, que organicen la recolección de datos en las fuentes, los protejan y los transmitan. Para dejar a las personas la liberad, tras haber hecho este ejercicio de memoria, de construir la historia.

En esta época digital, las políticas de la memoria han cambiado radicalmente y de forma positiva. Así, la tecnología digital ofrece una capacidad infinita de almacenar, conservar, preservar. Actualmente, todo se puede guardar. Hasta nuestros días, la memoria era «lo que quedaba». Aquello que había sobrevivido a la destrucción debida al desgaste del tiempo o a la voluntad de los hombres y mujeres que deseaban reescribir la historia (borrar la memoria y aniquilar el recuerdo, destruir cualquier traza y suprimir el cerebro que pueda recordársela?).

Antes de la era digital, la memoria estaba formada por trazas que habían atravesado el tiempo tras selección natural o voluntaria. Actualmente, la tecnología digital permite, en muchos aspectos, abolir el riesgo de una desaparición natural. Sin embargo, surgen varias cuestiones. En primer lugar, si se puede guardar todo, ¿qué debe transmitirse? Y si no se transmite todo, ¿qué debe guardarse? Asimismo, ¿qué puede significar una memoria que conserva todo? La naturaleza misma de nuestra memoria, ¿no es consubstancial al olvido, a la pérdida (voluntaria o no)? ¿Entra entonces el concepto en crisis? Finalmente, ¿qué puede hacer la ciencia histórica frente a la sobreabundancia de memorias, de sus fuentes y sus trazas? ¿Quién decide? ¿Puede haber políticas de selección? ¿Cómo se organizan estas políticas en un entorno democrático? Bien es sabido que los regímenes totalitarios saben elaborar perfectamente su propia política de clasificación y de destrucción, de selección? Las políticas de la memoria forman parte del entorno democrático. Cualquier cambio de modelo implica por tanto una discusión ilustrada y contradictoria: si anteriormente, cuando la memoria era «lo que queda», se trataba de guardar el máximo de trazas, ¿debe ahora hacerse una selección? En caso afirmativo, ¿qué selección hacer actualmente, cuando «todo puede guardarse»? Cualquier decisión deber se validada con un sentido de apertura, que tenga en cuenta la noción de tiempo. Hacer un ejercicio de memoria, es construir el tiempo, marcar las etapas, darle un ritmo. Es asegurar la perennidad y la estabilidad, que no es sinónimo de conservación y aún menos de reacción. ¡Qué desafío en un mundo en el que lo inmediato, la amnesia y la volatilidad de las opiniones dominan el entorno democrático!

(Este artículo fue escrito por Emmanuel Hoog, en mayo de 2008. El destacado experto es presidente y director general del Instituto Nacional del Audiovisual de Francia. www.ina.fr )

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