En el caso de México, los acervos audiovisuales son aún jóvenes. Por ejemplo, la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se creó en 1964; a partir de ese momento comenzó una peregrinación urbana que terminó en el Campus Universitario el 8 julio de 1996. En su nuevo espacio fincó desde 1982 bóvedas para almacenar películas de soporte de nitrato de celulosa y en 1998 y 1999 para acetato de celulosa.
En 1974 se inauguró la Cineteca Nacional ocho años después un siniestro de gran magnitud la destruyó. La nueva institución se inauguró en 1984. Y en 1994 (es decir, doce años después de la desaparición del primer inmueble) una vez más se le dotó de bóvedas.
La Fototeca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) resguarda la colección fotográfica del archivo Casasola y otros fondos de imágenes importantes; su acervo es de 800 mil imágenes, resguardadas en bóvedas a partir de los años 70, ubicadas en el ex convento de San Francisco en Pachuca, Hidalgo. En 1992, el INAH inició los trabajos para crear un sistema interno de fototecas y para dibujar una estrategia con el fin de homologar las tareas de preservación fotográfica.
El Archivo General de la Nación custodia la colección más grande de fotografía del país (y quizá de América Latina), por lo que se enfrenta a una compleja empresa de conservación y acceso automatizado a la información.
Videotecas como las de la Dirección General de Televisión Educativa, Canal 11, Canal 22, TV UNAM y la de la misma Videoteca Nacional, son instancias aún más jóvenes que han crecido rápidamente por razones propias de la misión de la institución a la que pertenecen, pero que aún no tienen garantizadas sus condiciones de preservación a largo plazo en sentido estricto.
En cuanto a los acervos sonoros de nuestro país, su historia es de abandono. De ahí la relevancia de la Fonoteca Nacional, dedicada a salvaguardar el patrimonio sonoro nacional.
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